sábado, 15 de abril de 2017

Diario de un Niño Trabajador



18 de Septiembre 2013
Querido diario,
     He pensado toda la noche sobre esa tarde, tan lejana y tan extravagante; como si fuera el último de mis recuerdos, y de mi destino el presidio al sufrimiento. Lo sé, no lo escondo. La tarde de ayer me cambió por completo: vi pájaros alcanzando el cielo, y a decenas de sirenas con un rostro de desvelo.  Y a partir de estas observaciones me convertí en pesimista, pues, de mi existencia, me di cuenta, solo sobresale la desdicha....
    Me sentí como una hormiga en el desierto: inexistente, frágil, y abandonada; y, cuando me sumergieron al laberinto sin salida, me sentí morir. Recorrí las hojas del papel como descalzo en un camino pedregoso: tropezaba a cada momento debido a su naturaleza, mi mente se nublaba por instantes; y el optimismo se fue de mí.
    ¡Qué te pasa!- me preguntaba a mí mismo- y las respuestas se escapaban de mi boca.
    Tomé entonces el lápiz y escribí un recuerdo, que me dio vida en ese momento.
   Y mientras sentía a la sirenas y los pájaros convertirse en seres humanos, un gallo me miraba con atención infinita; me intimidaba su mirada fría y desafiante, y su postura me sometió al nerviosismo.
  ¡Quedan diez minutos!- dijo el gallo, con voz vozarrona e imponente, mientras se acomodaba la crespa de cabello negro, y se limpiaba el pico con un pañuelo...
***
  ...Salí del laberinto después de ocho minutos, y me quedaron dos para recorrerlo nuevamente. Esta vez volé, como un ángel, cada uno de sus caminos; pero no pude recuperar ni el aliento de mi pecho y mi mente. Enseguida le entregué al gallo la prueba de mi condena [al pesimismo y a la pena]; y salí corriendo en mi raciocinio. Mi cuerpo, no obstante, permanecía sereno en la salida del calvario, mientras los convertidos en humanos, de repente, volvían a ser pájaros y sirenas.
***
  Pasaron diez minutos más para marcharme, más con pena que con gloria; mis pensamientos evadieron los sucesos del futuro, mientras mi alma, enojada, reclamaba nuevamente la confianza plena.
    ¿Como te fue? -me preguntaron otras hormigas.
    No pronuncié palabra alguna. Solo atiné a mover mis hombros, dejando así en la intemperie... a la duda... y la sonrisa.
    Y así yo termino de escribir esta experiencia, tan repentina e inesperada.
**
   Espero volver a tocarte, querido diario, para recorrer tus caminos, y sentir tu piel frágil. Quiero unirme contigo a través de mis escritos, para así de ti jamás separarme.
Con atención,
Jorge




sábado, 4 de febrero de 2017

Distancia



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Hoy la luna llena no ha iluminado
el sendero, frágil, de mi pensamiento
Será porque lejos estás de mi lado,
y porque te extraño a cada momento.

Hoy la luna llena está triste
La puedo ver, y la contemplo
Como lo hago con la soledad de la noche
y el recuerdo de cuando te fuiste.

Hoy las estrellas no han brillado
porque estás ausente, y me haces falta.
Tú tienes ese brillo que al mundo exalta, 
ese mismo del que me he enamorado

Hoy el ulule del viento trasmite nostalgia,
frialdad... pena... y melancolía
Así de melancólicos son mis días
cuando no estas aquí

¿Será porque te amo con frenesí?
¿Será porque de mi mente no puedo sacarte?
O simplemente es la distancia
que me hace más difícil dejar de amarte


Emilia



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       Eran las siete de la noche cuando Emilia me dio el encuentro en la pequeña oficina, de paredes anaranjadas y ambiente triste, donde habían dos computadoras, antiguas y empolvadas, y un sinnúmero de problemas que parecían descansar en un estante azul que se encontraba en uno de los rincones a la espera de ser abierto por alguna solución. Emilia llevaba en su rostro una expresión de amargura. No entendía por qué. Tampoco le interesaba saberlo.

      Se me acercó lentamente, sin desprender la mirada. Llevaba consigo una impotencia tan grande, que su corazón dejó de latir por unos segundos. Sus sentimientos desaparecieron, sus pensamientos fueron aniquilados por el odio. Se había convertido en piedra. El cariño que alguna vez juró sentir por mí se esfumó como espuma de cerveza. Era irreconocible. Su mano avisaba la pronta llegada de una bofetada, pero su cuerpo retenía aquel impulso del que se arrepentiría por el resto de su vida. No sabía exactamente por qué estaba allí, pero sabía que debía decirlo; y, tras permanecer con los pies intactos, casi como una estatua, de su voz, que de melodiosa no tenía nada, surgieron algunas balas de plomo.

      -¡Eres una mala persona!- me dijo, sin darme alguna explicación.

    Se marchó, apresurada, después de asesinarme nuevamente, pero su sombra seguía allí, atormentándome hasta el cansancio, como si quisiera cerciorarse de que en realidad había muerto. Me comenzó a doler la cabeza y me dieron ganas de llorar. Era la enésima vez que me decía la misma frase.

    Entonces decidí hablar con ella. Subí pacientemente las escaleras mientras pensaba en aquel asesinato del que había sido víctima. Estaba desconcertado, confundido tal vez, en busca de respuestas a preguntas que a veces surgen producto del aburrimiento. Me sentí filósofo por unos segundos.

     Tras cinco minutos de inseguridad, dos sonidos surgieron a raíz del contacto entre mi puño y la puerta azul, que me impedía la entrada hacia su dormitorio. Comprendí, en ese instante, que la puerta es un claro símbolo de auto-encarcelación. Comencé a imaginar un sinnúmero de casas, sin puertas, donde cualquier persona podía entrar sin necesidad de una llave, ni de  permiso del dueño, o la dueña. Los jóvenes ya no necesitaban de las ventanas para ir a las fiestas, los niños podían jugar sin necesidad de la autorización paterna o materna. Ya nadie era víctima de violencia, porque cualquier persona podía entrar e interrumpir inmediatamente la escena sin necesidad de tocar algo. Un mundo sin puertas era una buena alternativa para no sentirse rechazado, una manera de estar seguro. Pero no, tan solo era imaginación.

     Emilia no abría. Toqué la puerta un par de veces más, sin respuesta alguna. Emilia no abrió. Caminé entonces hacia mi dormitorio, que estaba al lado, y me senté en medio de la desesperación. Tomé mi cuaderno de notas y empecé a escribir mis profundos sentimientos con una letra tan pequeña, que se necesitaba de una lupa para descifrar las palabras. Las palabras, desde ese momento, se convirtieron en mis mejores amigas. Ya no era el perro, ni el gato, ni Marco. Eran las palabras las que me escuchaban en los momentos más críticos, sin juzgarme ni darme consejos. Me sentía dichoso al ser el único testigo de su nacimiento, tras el matrimonio entre el papel y el bolígrafo.

   Una gota de lluvia cayó en medio del papel rayado y un suspiro se desprendió de mi pecho, esparciéndose en un aire que parecía contener una inmensa pena, invisible y visible a la vez. Ya no podía más. Había mantenido la esperanza de que mi relación con Emilia mejorara, pero no solo dependía de mí, sino de ambos.

   Ya eran cinco días sin dirigirnos ni una sola palabra. Ya los desayunos no eran iguales, ni los almuerzos ni las cenas. Ya nada era igual.  Mi relación amical iba de mal en peor y la palabra “comunicación” desapareció de mi vocabulario. Una mañana, cuando me encontraba a punto de barrer, sonó el teléfono. Caminé lentamente hacia la pequeña mesa, marrón y vieja, y delicadamente cogí el aparato para contestar la llamada.

    Me dieron una noticia que no esperaba: mi padre había tenido un accidente.

martes, 17 de enero de 2017

Karma



          Esteban caminaba por la Av. Larco, como de costumbre, para sentarse en una banca del parque de Miraflores. Mientras caminaba para llegar a su destino, tropezó con Julia, una mujer con ocho meses de embarazo que apenas podía caminar. Julia echó a reír cuando observó el rostro de Esteban, pues éste tenía la nariz grande y los dientes desordenados.

       -No todo es gloria, señora. Espero que ría como lo está haciendo ahora en ocho años- le dijo, mientras se reponía del golpe en la rodilla que dicho “choque humano” le había provocado.

      Al cabo de ocho años, Julia y Roberto, el hijo que esperaba cuando tropezó con Esteban, disfrutaban de una calurosa mañana en una de las bancas del parque de Miraflores, ese que está en la Calle de las Pizzas. En medio de su disfrute, se les acercó un adulto de unos veinte ocho años, de barba grande y nariz respingada. Era Esteban. Estaba acompañado de su esposa, y de su hija, que por cierto nada le había heredado a su padre en términos físicos. Esteban observó a Roberto meticulosamente y, tras voltear la mirada a Julia, le dijo con una sonrisa burlona:

      -El mundo da vueltas. El Karma existe. Y, la verdad, me apena que su hijo haya heredado los genes de su burla

      Julia tardó tres minutos en darse cuenta de que quién le acababa de hablar no era ni más ni menos que el hombre “narizón” y “muelas torcidas” que había conocido años atrás. Y del que se había burlado. Roberto, pobre inocente, ajeno a toda la situación, al notar la sonrisa burlona de Esteban se puso de pie y le pidió a su madre que lo llevara inmediatamente a un dentista, pues no quería seguir siendo sujeto de mofas por la malformación de sus dientes.

    -Cuando haya dinero, hijo. Por ahora no- contestó a su pedido.

     Y mientras se lo decía, Esteban desapareció para siempre.

                                               (FIN)

viernes, 21 de octubre de 2016

Ser Bombero

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       No suelo ver las noticias de mi país. No es porque quiera ser ajeno a lo que sucede en mi patria, sino porque soy consciente del tipo de información que brindan la mayoría de los medios de comunicación: escandalizada, falsa y a veces basada en percepciones.  

   Sin embargo, hace dos días, extrañé como nunca el país donde nací -lo que no quiere decir que no extrañe a mi familia- y decidí ir al buscador de Google. Escribí la palabra “Perú” en la sección noticias del navegador y esperé milésimas de segundos para enterarme que tres bomberos habían muerto en su afán de apagar un incendio, en el distrito de “El Agustino”, en Lima. Títulos como “Tres héroes mueren en su lucha”, “Bomberos muertos en incendio son declarados héroes” y “Tres bomberos sacrifican su vida” fueron algunos de los que pude leer inmediatamente en los principales noticieros.

¿Qué les pasa a las autoridades, a los medios de comunicación, y a la gente en general?

    Como nunca, después del incendio y, sobre todo, tras conocerse la muerte de tres bomberos, mucha gente empezó a llevar comida a los bomberos sobrevivientes para que se alimenten y recuperen energía. Está bien, es un acto de solidaridad, pero… ¿qué hubiese pasado si no hubiese muerto ningún bombero? ¿Acaso habrían actuado de la misma manera? Son preguntas que nacen a partir de los antecedentes, porque de los centenares de incendios en los que los bomberos han luchado por salvar vidas e infraestructura, casi nadie se ha acercado para agradecerles de una manera grata.

    Por otro lado, me da risa que las autoridades pretendan quedar como los “buenos” de la trágica película. “Vamos a darles un seguro a todos los bomberos en caso de tragedias como ésta,” es una de las tantas frases que el Ministro del Interior ha dicho en entrevistas de prensa a propósito del hecho trágico que ha enlutado a tres familias. ¡Por favor, señor Ministro! ¿Es necesario esperar que alguien muera para recién hacer algo? ¿Por qué los políticos no son voluntarios y les otorgan su salario a los bomberos, quienes son héroes no porque hayan muerto, sino porque entregan su vida por otros? Lamentablemente la poca capacidad política hace pensar que es necesario morir para recién ser reconocido, en otras palabras, es triste saber que aunque los bomberos existan físicamente, éstos no existen socialmente.

   Un bombero no es sino la demostración de una solidaridad que no espera nada a cambio. Un bombero es símbolo de esa esperanza perdida a causa del desastre político y social que el Perú vive. Un bombero es un ser humano, y, por lo tanto, debe ser aceptado y ser reconocido en vida.

     Porque, ¿de qué sirve darle honores a alguien que está muerto? 



martes, 4 de octubre de 2016

Tu vida



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¡Levántate hermano!
Que aún no se ha acabado tu vida,
tu alma está ahí, contigo,
no creas que ya la tienes perdida

¡Levántate hermano!
Que la tristeza no te deprima,
que el llanto no te domine.
Y la alegría llegue a ti

 #
¡Levántate hermano!
No permitas que la violencia destruya
el mundo en el que vives.
Y tu conciencia te reprima

¡Levántense todos, levántense ahora!
Que la lucha aún no termina,
pues el camino se construye
hasta atravesar el peligro,
Y llegar a la cima


miércoles, 3 de agosto de 2016

La Fama


    Eran las dos de la mañana cuando Esteban despertó, casi gritando, luego de haber tenido una pesadilla. Desde muy pequeño había anhelado ser famoso, a pesar de que él mismo no creía tener algún talento para llegar a serlo.

    -Tal vez te conviertas en un famoso sicario, tanto, que hasta la policía de FBI te querrá buscar- le había dicho Andrea, su hermana mayor, quien tomaba a broma cada palabra que su hermano decía.

     Esteban comenzó a preocuparse tras la mala noche. Había soñado que la palabra fama desaparecía del mundo semántico, y con ella sus derivadas. Ya no existían los famosos, todos miraban a quienes aparecían en las películas de Hollywood con igualdad, sin ninguna admiración ni anhelo por conseguir un autógrafo. La economía comenzaba a entrar en crisis, en especial los empresarios de conciertos. Ya los estadios lucían vacíos, los artistas ya no producían nuevas canciones. Esto, por lo tanto, trajo como consecuencias el aburrimiento y una crisis económica que no duraría más de dos horas.

    El pánico se apoderó del muchacho de 13 años, y la tristeza comenzó a embargarlo. El anhelo que había vivido en su alma durante mucho tiempo poco a poco fue desapareciendo, creando en él un sentimiento de culpa.

    -¿Y si somos nosotros quienes hacemos famosos a las personas y no ellos por si mismas?- comenzó a preguntarse.

Esteban volvió a dormir.